El firmamento celebra con júbilo la llegada de Mamá María, una auténtica alma angelical, cuya pureza y bondad irradiaban desde lo más profundo de su ser.
Aún resuena en mi memoria, vívida y clara, aquella noche inolvidable en que nuestros caminos se cruzaron por primera vez. Con los brazos abiertos, me ofreció un abrazo tan cálido y genuino que disipó cualquier sombra de necesidad o anhelo que pudiera haber albergado mi espíritu. Fue una conexión instantánea, un cariño profundo que sentí de inmediato y que me cautivó desde ese instante.
Fue en la víspera de Acción de Gracias, un encuentro que solo puedo atribuir a la providencia divina, un designio perfecto de Dios que me trajo su presencia. La profundidad de su amor maternal se hizo evidente no solo hacia mí, sino en cada gesto, en la dedicación inquebrantable con la que atendía, cuidaba y custodiaba a su familia y a todos aquellos a quienes brindaba su afecto incondicional. Daba de sí misma sin reservas, con una generosidad sin igual.
Sus conversaciones llenas de sabiduría, sus consejos atinados y el consuelo de sus abrazos son un tesoro invaluable que atesoraré por siempre en lo más íntimo de mi ser. Jamás se borrará de mi mente la ternura de su mirada ni la fortaleza de su sonrisa, un faro de esperanza que brilló en mis momentos más dificiles y significativos, ofreciendo siempre aliento y comprensión.
Esas manos, que en vida prodigaron tanto cuidado y cariño, ahora se elevan en oración desde la morada celestial, intercediendo por nuestro bienestar ante el Altísimo. Estoy convencida de que, desde la eternidad, su espíritu vela por nosotros, protegiéndonos con su inmenso amor y guiándonos. Fui inmensamente afortunada y bendecida por haber recibido tal cariño de afecto en mi vida. Su ausencia es un vacío inmenso, y la echaremos de menos con una sinceridad que traspasa el alma. Nunca deje de ver por mi.